NUESTRO VIAJE
Memorias de un pueblo fantasma

EL PROYECTO

Somos tres estudiantes de comunicaciones que estuvimos en el campamento minero de Chuquicamata, actualmente deshabitado, durante la conmemoración de los 100 años del comienzo de las faenas industriales de la mina de cobre.

Enrique Aimone

Dirección Audiovisual

Valentina Godoy

Periodismo

Melissa Morales

Periodismo

El viento que se cosecha en las planicies, el silencio que se oye a kilómetros, el frío que duerme de día, el cielo que no llora, las estrellas que tapan la noche, el cobre que florece bajo tierra, el polvo que adorna las casas, el estadio que tuvo pasto, las galerías donde se embriagaban, el recuerdo de la cercanía de la plaza, la vida del cementerio, el hospital maravilloso, las arrugas cómplices del sol, el bronceado impetuoso, el viejo pascuero que bajó varios kilos, la señorita que no puede tomar una foto, la raza en extinción.

Llegar al centenario de Chuquicamata fue como haber llegado a un lugar que, tras siete años de su cierre, seguía vivo. Si bien el polvo, las ventanas quebradas, las rejas y las advertencias lo delataban, las personas distraían.

Una larga fila de personas en el Teatro Chile buscaban una identificación que revelara a dónde pertenecían. A un lugar donde tenían parientes enterrados, donde estaban – o quizás ya habían sido aplastadas por los desechos de la mina- las casas donde vivieron las distintas etapas de su vida. 

Las conversaciones nostálgicas abundaban y con un poco de concentración era posible retroceder a las Chuquis de todos los tiempos. Las ganas de conversar y de contar, de reír con las anécdotas y de llorar por tantas cosas más.

Eran tantas las ganas de contar y de mostrar lo que era Chuquicamata que fue fácil salir impregnados y casi sentirse un chuquicamatino más, conociendo cientos de rincones y sus historias. Una sola pregunta, de si se había casado ahí, de si vivía ahí o de si había estudiado ahí, terminaba en una larga conversación, en exhaustivas descripciones y ojos brillosos.

El trabajo iba tomando fácilmente forma y sentido. Estábamos consiguiendo lo que buscábamos y no era difícil. Porque la esencia de Chuquicamata seguía intacta. Las personas estaban contentas de poder mostrar y de encontrar nuevas formas de retener su historia y nosotros salimos increíblemente llenos del lugar, del viento, de la tierra y de la emociones, de tristezas y alegrías que se traspasaban tan rápido.

Chuqui era parte de los libros de historia, un lugar habitado solo por la mina a tajo abierto más grande del mundo. Llegamos dos días antes de la celebración oficial de los 100 años de chuquicamata.

Fue increíble poder conocer a los chuquicamatinos y poder revivir gracias a ellos el pueblo para nosotros. Con todas las historias que escuchamos podía ver la vida en las calles llenas de tierra y dentro de los edificios cerrados. Los relatos se mezclaban y encontraban puntos en común, y cuando nos contaban historias de la Casa Milla nosotros ya sabíamos de quiénes nos hablaban, de sus familias, de sus amigos, de su dinámica de pueblo.

Al principio los chuquicamatinos describían haber tenido la suerte de vivir en un pueblo tan único y especial como suele parecerle a cualquier persona que viene de un pueblo pequeño. Pero esta experiencia me sumergió en Chuquicamata. Pude sentir por qué era tan especial para ellos y convencerme de que efectivamente Chuqui es el mejor lugar en el que pudieron haber vivido y son muy afortunados.

Con la primera proyección de la historia de Chuquicamata sobre la fachada del Sindicato se me pusieron los pelos de punta. La segunda noche, cuando volvieron a proyectarla, ya me sentía chuquicamatina, pude identificar a todos los actores y emocionarme con la emociòn de quienes volvían a su pueblo. Hacer este trabajo me dejó con la sensación de querer haber tenido la suerte de crecer en Chuquicamata.